En la lucha contra la ignorancia y la superstición la tarea es muy dura. A nuestro alrededor crecen las pseudociencias, prosperan los embaucadores y encuentra fácil audiencia cualquier vendedor de “ancestrales remedios” alternativos a los descubrimientos de la medicina. En esta batalla la lucha es muy desigual, pues a los seres humanos antes nos emociona un misterio que una respuesta. Es más fácil entretener con historias fantásticas sobre duendes y poderes misteriosos, que con explicaciones precisas sobre los colores del arco iris. Nuestras inquietudes vitales se llenan más fácilmente con las “certezas” absolutas de una creencia que con la duda sistemática del método científico. Por todo esto no debería extrañarnos que un programa sobre paraciencias sea más fácil de mantener en pantalla que uno sobre divulgación científica. Por eso mismo no debería extrañarnos que las elucubraciones de un charlatán tengan más audiencia que las explicaciones de un científico. Tampoco debe sorprender que el rumor de un fenómeno paranormal llene más portadas que su posterior desmentido. ¿Podríamos decir que buena parte de la culpa es de los medios de comunicación? ¡Al fin y al cabo ellos deciden su programación y sus portadas!. Me temo que la solución no es tan simple, pues los profesionales de estos medios no son “otra clase” de ciudadanos. ¿Cómo acusarles de tener los mismos gustos que sus espectadores o lectores?. De hecho, si algo caracteriza a un buen profesional de los medios, es saber qué le interesa s su audiencia. No creo que se les pueda exigir una mejor formación científica que a la media de la población. Como mucho, dada su responsabilidad, se les puede exigir que se asesoren bien con especialistas antes de publicar cosas a la ligera. ¿Y los políticos? ¡Supuestamente ellos deben tener el control!. Al menos ellos pueden hacer las leyes que impidan a cualquier despabilado enriquecerse a costa del engaño, o estafar vendiendo falsos remedios. Ellos deberían administrar los fondos con que promover la ciencia y la cultura. De nuevo nada es tan sencillo. Tampoco los políticos son otra clase de ciudadanos. Ellos, al fin y al cabo, son sólo gente corriente que se dedica a la política, como hay gente corriente que se dedica a la agricultura, a la fontanería o al comercio. Para un político la palabra “cultura” (lo mismo que para un periodista o cualquier otro ciudadano) suena a pintura, cine, teatro, espectáculo, ... ¡Desde luego nada que tenga que ver con conocimiento o capacidad de análisis crítico!. A lo sumo el político más preocupado por el desarrollo de la investigación para el progreso de la sociedad, en lo que está pensando es en llevar más tecnología a las industrias o más ordenadores a los hogares.



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